«Pim, pam, pum» toma su nombre de un viejo juego de feria y trae el registro más lúdico del imaginario de Miguel Villarino, donde el juego y lo infantil conviven con su reflexión sobre el tiempo.
Como en el resto de sus series, la imagen se reduce a formas esenciales, por variación de unos pocos signos y con la huella del grabado.





